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Las musas, a veces, son temerarias. La diferencia entre la simple influencia musical y la apropiación indebida es generalmente sutil. De ordinario, el oído se ve obligado a medir la suerte de la canción sospechosa con atención y detenimiento, y su veredicto no siempre es aceptado sin controversia. ¿Plagió John Williams en su Marcha Imperial el primer movimiento de Los Planetas de Gustav Holst, o simplemente se inspiró en él? ¿Es excesivo el parecido entre la instrumentación de The Man in Me de Bob Dylan y la de Jackie Wants a Black Eye de Dr. Dog o son solo imaginaciones mías?

Sinceramente, no creo que en estos dos casos la intención fuese mucho más allá del mero homenaje. Y es que, precisamente, de intenciones va la cosa. Cuando el plagio es descarado, el compositor es perfectamente consciente de su hurto, y a pesar de ello lo comete. Los meros parecidos razonables, sin embargo, esos que se acercan a la peligrosa línea pero no lo suficiente, no suelen ser más que inevitables accidentes —homenajes, a lo sumo—, ya que todo lo que uno escucha, y en concreto aquello que más le agrada, termina influyendo irremediablemente en su producción musical.

Pero no son extremos tan distantes como la copia descarada y el simple parecido los que informan este artículo. Como decía en un principio, la diferencia de peso entre ambos platos de la balanza en el juicio de un posible plagio es comúnmente tenue, aunque no por ello inexistente. Se impone preguntarse, por lo tanto, qué elementos son determinantes en el fallo y cuáles no lo son.

En esencia, la música es melodía, armonía y ritmo, pero teniendo en cuenta la cansina similitud de tempos y compases que encontramos habitualmente en el pop y el rock, sería absurdo pretender adivinar plagios que traigan causa únicamente en la semejanza de dos canciones en cuanto a su ritmo. Para que una sea una imitación de la otra, debe producirse una coincidencia melódica en el marco de una armonía muy similar —razón por la que John Williams y Dr. Dog se salvan de la quema—. En los estilos mencionados, la melodía más destacada suele ser la de la voz principal, y la base armónica se encuentra en la guitarra o el piano más las notas del bajo, que forman un todo con las melodías vocales. Es decir, si existe una identidad sustancial entre el conjunto de la voz y los acordes de las dos canciones, probablemente será un plagio de cojones.

Con todo, no es tan sencillo dirimir. Y me remito a ciegas a los comentarios que, a pesar de la evidencia, generarán los ejemplos señalados a continuación. Normalmente es difícil alcanzar el consenso porque en la mayoría de los casos la distancia entre la absolución y la condena es significativamente pequeña. Sin embargo, y afortunadamente para este artículo, hay otros que claman al cielo…

Por orden inverso de flujo hemorrágico, los veinte plagios musicales más sangrantes del siglo XX.

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